viernes, 4 de abril de 2014

Fayad Jamis

Ahora que me acuerdo, tengo un blog... qué bien, a ver cuánto tardo en volver a olvidarlo.

Encontré este poema, al que en mi juventud le dí vueltas tallándolo como una piedra preciosa. Con qué escasos tesoros basta para ser feliz cuando se es joven. Me sigue gustando. Lástima que su autor se dedicara después a escribir y pintar soflamas.

Está bien ser pintor y nacer en un lugar que se llama Ojocaliente (sí, existe, y está en Zacatecas).






Leído por el autor




Abrí la verja de hierro
Fayad Jamis


Abrí la verja de hierro,
Sentí como chirriaba, tropecé en algún tronco
y miré una ventana encendida, pero la madrugada
devoraba las hojas y tú no estabas allí diciéndome
que el mundo está roto y oxidado. Entré,
subí en silencio las escaleras, abrí otra puerta,
me quité el saco, me senté, me dije estoy sudando,
comencé a golpear mi pobre máquina de hablar,
de roncar y de morir (tú dormías, tú duermes, tú no sabes
cuánto te amo), me quité la corbata y la camisa,
me puse el alma nueva que me hiciste esta tarde,
seguí tecleando y maldiciendo, amándote y mordiéndome
los puños. Y de pronto llegaron hasta mí otras voces:
iban cantando cosas imposibles y bellas, iban encendiendo
la mañana, recordaban besos que se pudrieron en el río,
labios que destruyó la ausencia. Y yo no quise decir nada
más: no quiero hablar, acaso en el chirrido
de la verja rompí cruelmente el aire de tu sueño.
Qué importa entrar o salir o desnacer.
Me quito los zapatos
y los lanzo ciego, amorosamente, contra el mundo.

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